La Fundación Sevilla Acoge ofrece servicios como acogida inicial, clases de español, alojamiento temporal a los inmigrantes. Por una de sus trabajadoras y un taller exploramos las experiencias de mujeres inmigrantes
Kampe Rushoka
En Sevilla, la mujer inmigrante permanece en gran parte invisible. Con la aumentacion de la retórica negativa sobre las personas inmigrantes hay una falta de representaciones positivas o humanizadoras, a los inmigrantes , aún menos a las mujeres inmigrantes. A pesar de enfrentarse a formas extremas de opresión, las mujeres migrantes en Sevilla siguen siendo mayormente invisibilizadas. Por ejemplo, la Cadena SER informó que en octubre de 2024, trece mujeres colombianas fueron encontradas por la policía trabajando turnos de 24 horas cuidando a personas mayores en Sevilla. Asimismo, en marzo de 2025, ABC de Sevilla reveló que la policía desarticuló una red que explotaba sexualmente a mujeres inmigrantes latinoamericanas en pisos prostíbulos de la ciudad. Sin embargo, las mujeres inmigrantes apenas reciben atención en el público , y son pocas las personas que conocen o se preocupan de su sufrimiento.
Por eso, es importante buscar arrojar luz sobre ellas, explorando distintos aspectos de sus experiencias, para acercar su realidad al público desde una mirada más completa y humana.

Para ello, hablamos con María Gallardo, educadora social y experta en trabajo con mujeres jóvenes inmigrantes, quien forma parte de la Fundación Sevilla Acoge. Esta asociación local lleva más de 30 años ofreciendo servicios a personas inmigrantes, como acogida inicial, clases de español, acompañamiento social, alojamiento temporal y mucho más. María lidera el “Grupo de mujeres del programa de Protección Internacional”, compuesto por ocho mujeres de entre 20 y 30 años provenientes de países como Senegal, Malí y Gambia. En este grupo, se desarrollan talleres y actividades específicas para mujeres que han vivido situaciones de gran vulnerabilidad.
Según María, un factor muy importante en la vida de las mujeres inmigrantes en Sevilla es su situación laboral, ya que muchas trabajan como cuidadoras. María comentó: “Muchas de ellas llegan con esperanzas de mejorar sus condiciones de vida, pero se enfrentan a la precariedad laboral. A menudo se ven empujadas hacia sectores feminizados y mal remunerados como el trabajo doméstico, los cuidados o la hostelería, donde son más vulnerables a la explotación y a condiciones laborales informales.” Normalmente, estos trabajos mal pagados, como el de empleadas domésticas o cuidadoras, se asignan a quienes están en la base de la pirámide social, que en Sevilla son las mujeres inmigrantes. Los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) también lo confirman, de las 565 mil trabajadoras empleadas como personal doméstico y cuidadoras de personas mayores y niños a domicilio, 356 mil declararon no haber nacido en España. La trabajadora social también explica que la realidad laboral de las mujeres inmigrantes es muy distinta a la de los hombres inmigrantes. Afirma “A diferencia de los hombres inmigrantes, que pueden trabajar en la construcción o otros trabajos físicos, ellas tienen menos opciones y viven más aisladas e invisibles.” Es verdad que, aunque los trabajos físicos o de construcción tampoco están bien remunerados, los hombres suelen tener mejores salarios, mejor horarios y más protección.
Sobre la proteccion, muchos de los hombres trabajan en espacios públicos pero las cuidadoras en casas, ellas trabajan en un ámbito privado donde están especialmente expuestas a la explotación verbal, física y sexual, sin protección de sus derechos laborales y/o humanos. Una explotación muy similar a las mujeres colombianas que eran forzadas a trabajar 24 horas, como cuidadores en condiciones similares a la esclavitud. «Esta revelación de María muestra cómo, en el ámbito laboral, las mujeres inmigrantes sufren una doble discriminación: por un lado, el racismo y la xenofobia estructural que las empujan hacia trabajos mal remunerados; y por otro, el sexismo, que agrava su situación por el hecho de ser mujeres, colocándolas en una posición de mayor vulnerabilidad que sus contrapartes masculinas.
Además, la explotación y la violencia no ocurren únicamente en el ámbito laboral, sino también en sus vidas personales, ya que muchas de ellas son víctimas de violencia de género y trata. Según María, “muchas de ellas enfrentan violencia de género, en algunos casos desde antes de migrar, y en otros, ya estando aquí. El miedo a denunciar por su situación administrativa irregular o la falta de redes de apoyo hacen que estas violencias se silencien aún más.” Maria añade también que “las barreras culturales, lingüísticas y administrativas dificultan su acceso a sus derechos básicos”. Por la cita de María vemos que no solo son víctimas de violencia de género, sino que además tienen menos probabilidades de denunciar debido a su situación migratoria iregular. Esto también las hace más vulnerables frente a los agresores, quienes pueden verlas como víctimas ideales: se puede agredir a una mujer inmigrante sin temor a consecuencias.
María incluso relata cómo muchas de estas mujeres son víctimas o están en riesgo de caer en redes de trata, y comparte la historia de una joven de 16 años de Gambia:
“(La chica) nos contaba que estaba siendo acosada por otro hombre que venía a su casa y la buscaba, no sabemos si tenían relaciones sexuales o no, nunca nos dijo nada más.”
Más adelante añade:
“Empezamos a notar que había presencia de coches en la puerta de la casa de acogida, que había hombres que perseguían a las convivientes del dispositivo y que estaban siendo controladas, vigiladas y amenazadas por redes sociales/WhatsApp…”
Las experiencias de esta chica de Gambia, que trabajaba con María, nos revelan que estas mujeres están especialmente expuestas a la trata de personas. Pero este caso no es un caso aislado ni excepcional: los datos también confirman la vulnerabilidad de las mujeres inmigrantes frente a la violencia de género. Un estudio de 2022 realizado por la Fundación PorCausa y La Red de Mujeres Latinoamericanas y del Caribe encontró que casi el 60% de las mujeres migrantes latinoamericanas en España habían sufrido algún tipo de violencia de género, contando con un apoyo institucional muy limitado. Asimismo, según el Diario de Sevilla, las mujeres inmigrantes representan solo el 12% de la población femenina en España, pero constituyen el 51% de las mujeres asesinadas por sus parejas. Esto demuestra, una vez más, que estas mujeres son víctimas de una opresión de tipo interseccional. Sabemos que las mujeres, en general, son desproporcionadamente más vulnerables a la violencia de género, la trata y las agresiones sexuales,¿Pero cuánto peor para las mujeres inmigrantes que no tienen estatus legal y viven con el miedo constante a ser deportadas? Su vulnerabilidad a la violencia de género es otra triste realidad que enfrentan muchas mujeres inmigrantes en Sevilla.
Aunque los datos y las noticias nos ofrecen una imagen valiosa sobre las realidades que enfrentan las mujeres inmigrantes, es fundamental ir más allá de su victimización para no reducirlas únicamente a la figura de víctimas. Se trata de mirar a la mujer inmigrante más allá de las categorías sociales de ‘mujer’ o ‘inmigrante’, y reconocerla, ante todo, como persona. Esta comprensión se ve en un taller organizado por ACOGE, donde pude acercarme a ellas desde una perspectiva más humana. El 24 de abril de 2025, se celebró una actividad del taller para mujeres organizado por ACOGE Sevilla. Seis mujeres del grupo de protección internacional estaban allí para participar en una actividad sencilla pero profundamente significativa: la repostreria. Mujeres de Mali, Gambia, Guinea Conakry y Venezuela se reunieron para preparar dos postres: un bizcocho tradicional español y buñuelos fritos de África del Oeste. En este espacio no se hablaba de trámites administrativos, ni de obligaciones con trabajadores sociales, ni de clases de español. Solo se trataba de pasarlo bien, de compartir, de estar juntas. Durante las conversaciones, me llamó la atención la naturalidad con la que surgían temas cotidianos: lo mucho que disfrutan cocinar, sus platos favoritos, historias sobre sus hijos y nietos, sobre sus peinados y trenzas, sobre sus planes de ir a la playa. Fue en ese momento cuando me di cuenta de algo fundamental: detrás de la doble, triple o múltiple discriminación que estas mujeres enfrentan por su estatus migratorio, su género, su religión o su color de piel, hay realidades profundamente humanas. Tienen las mismas necesidades, deseos y gustos que cualquiera. Últimamente de tener una vida digna, tranquila, llena de respeto. Y eso es lo que a menudo falta en la representación de la mujer inmigrante: verla como ser humano completo. Es importante que la sociedad y los medios de comunicacion vemos a las mujeres inmigrantes no sólo como víctimas, sino como personas completas con deseos, agencia y vidas plenas.
En conclusión, las realidades de las mujeres inmigrantes en Sevilla están marcadas por una doble discriminación: el racismo y el sexismo, pero también por la dignidad humana y las experiencias comunes a todas las personas. Enfrentan serias dificultades en el ámbito laboral, donde predominan los trabajos mal remunerados en el sector de cuidados, con escasos derechos y protección. Además, se ven atrapadas en un ciclo de violencia de género, trata y abusos sexuales, debido a la falta de prioridad y protección que reciben por parte del sistema legal. Sin embargo, no son meras víctimas; son personas íntegras, con historias, sueños y dignidad, igual que cualquiera de nosotras. Es fundamental comprender en profundidad sus realidades para enseñar a la sociedad sevillana que no son diferentes de nuestras madres, hermanas, profesoras, médicas o jefas. No son diferentes de ti ni de mí. Es imperativo que enseñemos a la sociedad sevillana a valorar y reconocer a la mujer inmigrante, a comprender que su vida importa, y que debemos protegerla, dignificarla y celebrarla.