Confesiones de un viajero en serie

Ryan Kelly tira a canasta para Real Betis Energía Plus / FERNANDO RUSO

Tras su éxito en la universidad de Duke y un prometedor año como novato en la NBA, Ryan Kelly el ex-pívot de los Diablos Azules se encuentra en un nuevo país, un nuevo cultura y, una vez más, ante de una nueva transición.

El Centro Deportivo San Pablo de Sevilla no es exactamente una Meca del baloncesto.

Las paredes exteriores, pintadas en tonos dorados y verdes, son algo viejas y están desgastadas. Sobre la cancha, los tubos y vigas que soportan el techo y la estructura del edificio parecen tejidos entre sí como las calles medievales de la capital andaluza. Las gradas, numeradas apenas por encima de las 7.600 localidades, se pueden parecer más al gimnasio de un colegio que a un pabellón profesional de baloncesto.

Ryan Kelly, el exjugador de Duke y de Los Ángeles Lakers, camina hacia la entrada de jugadores vestido cómodamente con pantalones de chándal, gafas de sol y zapatillas, y una mochila colgada al hombro.

De pie en toda la extensión de sus 2,11 metros y aún luciendo la misma barba desaliñada de sus días en la universidad, Kelly bromea sobre que su aspecto está más cerca del de un profesor que del de un jugador de baloncesto profesional – y dado que fue miembro del equipo Académico de la Atlantic Coast Conference tres veces mientras estuvo en Duke, no va muy desencaminado.

Los cambios más evidentes son los tres tatuajes en su muñeca izquierda: una cruz, la inscripción “Phil 4:13”, que se refiere al versículo bíblico Filipenses 4:13 y el texto “Levántate y levántate otra vez”.

Pero bajo su suave acento sureño y aspecto familiar, hay un hombre cambiado. Un hombre que ha pasado de los campeonatos de élite nacionales y de satisfacer las exigencias de las más importantes canchas de baloncesto del mundo, a otro que se ha vuelto a poner en pie tras sufrir los despidos y descartes de un mal sistema de encajes, tratando una vez más de encontrar su lugar en el baloncesto profesional.

“Soy muy afortunando de estar aquí”, dice Kelly sobre su fichaje por el Real Betis Energía Plus, el equipo de Sevilla de la liga ACB. “Pero al mismo tiempo mi meta es todavía jugar en la NBA, jugar al nivel más alto, y creer, suceda o no suceda eso, que eres lo suficientemente bueno para hacerlo”.

La carrera de baloncesto de Kelly puede caracterizarse por haber sido infravalorado y por una batalla constante por demostrar su valía. Cuando comenzó su carrera de preparación en la escuela Ravenscroft en Raleigh, Carolina del Norte, los entrenadores de Kelly pensaron que iba a ser un jugador de universidades pequeñas. Pero para su temporada final con los Cuervos, se había transformado en uno de los del All-American de McDonald’s y uno de los mejores fichajes del país.

En Duke, Kelly se enfrentó al fuego otra vez, jugando con moderación durante su primer año en el equipo del Campeonato Nacional de 2010. Sin embargo, durante su segundo año, sus minutos se dispararon, de 6,5 por partido a 20,1, y nunca jugó menos de eso durante el resto de su estancia en Durham, mientras ayudaba a Duke a un Sweet Sixteen y a un Elite Eight.

Pero quizás, el momento de cambio más profundo para Kelly se presentó cuando entró en la NBA. Elegido por Los Ángeles Lakers en el puesto 48 del draft de la NBA de 2013, el ex Diablo Azul fue una sorpresa agradable para el entrenador Mike D’antoni en su año de novato, contabilizando promedios de juego de ocho puntos y 3,7 rebotes en 25 inicios. Kelly parecía ser una gran adquisición para el director general Mitch Kupchak.

Pero entonces todo se vino abajo.

Después del año de novato de Kelly, D’antoni renunció a su puesto y fue sustituido por Byron Scott. A su llegada, Scott, un discípulo de la lenta ofensiva de Princeton, cambió a Kelly a la posición de alero en lugar de dejarlo en la de ala-pívot o de pívot donde había brillado el año anterior. En sus dos años a las órdenes de Scott, Kelly vio como bajaban sus minutos de 23,7 por partido en su segundo año a apenas 13,1 en su tercero, mientras que sus puntos, bloqueos y asistencias por partido también bajaron durante el mismo período.

“Con D’antoni creo que quedé bien. Es alguien con quien me mantengo en contacto”, explica Kelly. “Él sabe que no estuve en la mejor posición posible durante mi segundo y tercer año con los Lakers”.

Dándole la bienvenida a un nuevo comienzo, Kelly firmó con los Atlanta Hawks como agente libre para la temporada 2016-2017, pero en lugar de una nueva oportunidad, Kelly se vio perjudicado por la misma inconsistencia de tiempo de juego que sufrió en Los Ángeles, además de haber sido descartado cuatro veces por tres equipos diferentes entre septiembre de 2016 y julio de 2017. Su último equipo de la NBA, los Cohetes de Houston, lo descartó sólo nueve días después de negociar 75.000 $ en conceptos de tesorería a Atlanta por sus derechos.

Sin equipo y con un futuro incierto en la NBA ante él, el joven y de repente muy viajado pívot tuvo que pararse a valorar sus opciones.

Desde la puerta lateral del Centro Deportivo San Pablo, Kelly accede a su interior y se dirige a la cancha. Por el camino, atravesando la sala de entrenamiento, uno de sus compañeros de equipo está tumbado boca abajo sobre una mesa recibiendo un masaje. Cuando se da cuenta, Kelly se acerca a hurtadillas a la mesa de masaje tan sigilosamente como le es posible a una montaña humana de 2,11 metros. Una vez allí, inclinándose sobre su compañero de equipo, Kelly ayuda al fisioterapeuta indicándole por dónde seguir masajeando.

“Oh, sí, justo ahí”, exclama melodramáticamente, mientras guía al fisio con sus enormes manos y esboza una sonrisa de oreja a oreja entre una barba desaliñada que rivalizaría con la de Eddie Haskell.

La nueva estrella del Real Betis Energía Plus habla poco español más allá de “hola” y la terminología necesaria que necesita en la pista. Kelly bromea diciendo que con lo que más experiencia tiene es con el latín, ya que era la única lengua extranjera que podía evitar hablar en el colegio.

Fuera de la cancha, Kelly sigue siendo el hombre despreocupado y amante de la diversión que han conocido sus compañeros de equipo anteriores y actuales. Pero, cuando se trata de su juego en la cancha, muestra un estilo que no veía desde la universidad o incluso el instituto.

“Yo, ciertamente, quería estar en la NBA, pero me pareció que, para mí, en términos de estilo de juego, encajaría bien aquí. Ha sido una experiencia que me ha educado y con la que he crecido”, dice Kelly sobre su traslado a España.

Después de su descarte de los Cohetes de Houston en julio de 2017, Kelly se enfrentó a la incertidumbre de ser invitado a los campos de entrenamiento y a contratos no garantizados en la parte final del proceso de agencia libre. Entonces surgió la posibilidad de jugar en Europa.

Los Verdiblancos venían de una temporada 9-25 cuando llegó Kelly. Y aunque la temporada 2018 no ha sido mucho más amable con ellos —actualmente van 7-18 a falta de nueve partidos— Kelly ha demostrado su valía. En 25 partidos, ha conseguido un promedio de 14,8 puntos, 4,8 rebotes y 1,5 asistencias por partido.

Armado con un prolífico arsenal ofensivo, con la capacidad de lanzar desde arriba y desde fuera, Kelly se ha convertido en un anotador de referencia para el Betis –un papel con el que no había conectado realmente desde el instituto. Aunque, como es natural ante cualquier cambio, Kelly ha tenido que enfrentarse al creciente sufrimiento de haberse convertido en el centro del ataque contrario.

“Creo que en gran parte tiene que ver con que he pasado de ser el jugador que está libre muchas veces cuando buscas tiro porque no era necesariamente la primera opción a ser el tío del que la mayoría de los defensas dicen, ‘Tenemos que parar a este tío o ponérselo difícil si queremos derrotar al Betis’” dice Kelly.

A pesar de la interminable corriente de cambios e inconsistencias, Kelly, finalmente, parece haber encontrado consuelo en el mundo del baloncesto.

Si la historia de Kelly muestra algo, es que el baloncesto es un negocio que te puede encumbrar y marginar en cuestión de días. Pero, a pesar de las dificultades

que le ha tocado padecer, siempre ha habido una constante para la exestrella de Duke: su esposa y novia del instituto, Lindsay Cowher Kelly.

La pareja se conoció cuando Lindsay y su familia se mudaron a la zona de Raleigh durante sus

años de instituto. Jugadora de baloncesto destacada por méritos propios, Lindsay asistió a Ravenscroft con Kelly, donde su relación floreció. Llevan juntos más de 10 años y se casaron en 2014. Tienen un hijo de tres años, Nile, y una hija de uno, Tess.

«Que ellos estén aquí conmigo tiende a hacerlo todo más fácil”, dice Kelly. “Siempre puedo volver a casa y hay personas que están ahí para mí”.

Lindsay tampoco es ajena al mundo de los deportes profesionales. Es hija del entrenador de la NFL y miembro del Salón de la Fama, Bill Cowher, que ganó la Super Bowl XL con los Steelers y llevó a Pittsburgh a ocho títulos de división y 10 presentaciones en los playoffs en 15 temporadas.

“Ella ha sido parte de este mundo hasta cierto punto”, cuenta Kelly. “Así que soy muy afortunado de tener a alguien que puede entender un poco todo lo que forma parte de él”.

El padre de su esposa también ha sido una fuerza estabilizadora para Kelly. Como su yerno, Cowher fue también fue un jugador de referencia durante su carrera de cuatro años con los Cafés de Cleveland. Así, las batallas a las que Kelly se ha enfrentado le son más que familiares a su suegro.

“Es una suerte tener a alguien que pueda entender esa mentalidad de lucha, alguien que sepa que tienes que darlo todo por tu sueño”, explica Kelly.

Después de 45 minutos de charla en la cancha, acompaño a Kelly a la entrada de jugadores.

Menciono entonces su apodo mientras estaba en Duke, “el cuervo blanco”. Entre grandes carcajadas, el jugador bético responde que no había oído ese nombre en mucho tiempo.

Desde que se graduó del apodo “cuervo blanco”, los roles de Kelly en el deporte y en la vida han cambiado significativamente. Desde el punto de vista del baloncesto, se ha adaptado de ser un tercer o cuarto anotador a ser primera opción. Personalmente, se ha convertido en un esposo y un padre comprometido.

“Levántate y Levántate otra vez”. El tatuaje de su muñeca izquierda encarna plenamente tanto su carrera profesional como su vida familiar; Kelly está peleando contra la adversidad que acepta de buen grado cualquier oportunidad que se le lanza. Así, mientras tiene el mismo aspecto flaco, barbudo y de jugador-profesor que lideró a los Diablos Azules durante cuatro años, Ryan Kelly es un hombre muy cambiado.

“Eso me da como una paz y una calma sobre todo aquello por lo que he pasado”, dice Kelly mirando la frase entintada en su brazo. “Yo no estaría aquí sin mi familia y sin eso”.